En 1950 José Luis Sampedro viajó a Estocolmo para asistir a una reunión internacional enviado por el Banco Exterior de España, donde él había creado el Servicio de Estudios. Por entonces daba también clases de economía como profesor adjunto en la Universidad Complutense y escribía su tesis doctoral. La capital sueca le impresionó, con sus islas entre las aguas del lago Mälaren y el mar Báltico, la multitud de árboles y, sobre todo, la libertad de sus gentes y sus costumbres.
Ese viaje dio lugar a la que sería su primera novela publicada por la editorial Aguilar en 1952: Congreso en Estocolmo. El protagonista, un matemático de Soria, Miguel Espejo, hombre casado y con hijos en la España de la dictadura franquista, se encuentra en el Grand Hotel de Saltjöbaden, donde se celebra un congreso, con científicos de otros países y culturas. La guerra fría como telón de fondo. Allí descubre inesperadamente el amor auténtico junto a una joven sueca, Karin Wikander.

En la novela aparecen algunas de las constantes literarias de Sampedro: el viaje iniciador hacia un camino de introspección, los animales simbólicos
—un reno en el parque de Skansen, una avispa sobre una guía telefónica—, la reflexión social —con el científico finlandés Saliinen, vigilado por los soviéticos, o la doctora india Sama Rawenanda, que intenta liberar una patente— y, por último, una estatua representativa del idilio de Miguel y Karin.
En 2025, al cumplirse setenta y cinco años después de aquella visita de Sampedro a Estocolmo, Marla Zárate viajó a la ciudad con la intención de rememorar los lugares que aparecen en el libro. Esta es su crónica:
Miguel Espejo menciona, al comenzar la novela, la agitación con la entrada y salida de pasajeros en el aeropuerto en medio de un increíble silencio. Mi marido y yo tuvimos que esperar hora y media, de pie, a que las maletas empezaran a aparecer en la cinta giratoria. Solo los españoles alborotábamos quejándonos. Por fin tomamos un taxi en el atardecer nublado, húmedo, hasta llegar a la isla donde nos alojábamos, que alberga Gamla Stan, la pintoresca ciudad vieja de Estocolmo. Justo al otro lado del embarcadero, cruzando el puente Strömbon, podía verse el espléndido Grand Hotel, donde yo creía que se hospedaron los congresistas de la novela y en el que no pudimos alojarnos porque es el más caro de Estocolmo. Algo no me encajaba: la estatua de la pareja de la que habla el libro, en la orilla marina según se sale del hotel, no aparecía. ¿La cambiaron de lugar?

Seguí los pasos de Miguel Espejo que, al poco de su llegada, acude al parque Skansen. Alberga un zoo donde él se encuentra con un reno moribundo, que refleja su sentir interior en una vida provinciana sin alicientes dentro de una España represiva. Varias veces acude a ver al animal hasta que, en su última visita, se enfrenta al vacío, pues simplemente ha desaparecido. Me sucedió algo similar: cuando subí la colina hasta el recinto de los renos, me encontré para mi decepción con el espacio deshabitado y un cartel que anunciaba mejora en las instalaciones. Me tuve que conformar con un alce, allí tumbado a la sombra de la máxima calurosa de veintinún grados. En Skansen hay, además, unas casas antiguas de madera, traídas de distintas partes de Suecia, para mostrar la dura y corta vida de los habitantes en épocas pasadas. Chimeneas que llenaban de humo el interior, oscuridad alumbrada por palitos en los cortísimos días de invierno, escasez de verduras… En la tienda de ultramarinos del “cómodo” posterior siglo XIX un historiador ataviado con ropa de la época mostraba el valioso azúcar, las madejas de lana, el tabaco importado —como este era tan caro, decidieron plantarlo—. Fui a un pequeño Museo del Tabaco donde se contaba el proceso y también había un piso dedicado a la producción de cerillas.
Se me ocurrió preguntar a dos jóvenes de ese museíto, donde había pocos visitantes, sobre la estatua del Grand Hotel. Eran dos chicas rusas encantadoras, una de ellas estudiante de historia etnográfica. Al contarles que en la novela se menciona la estatua de Saltjöbaden, buscaron en internet y la encontraron. Información en sueco que me tradujeron. ¡Sorpresa! Un director de banco llamado Wallenberg, a finales del siglo XIX y después de un viaje a Mónaco, decidió crear una “Riviera sueca” con un balneario a orillas del Báltico en las inmediaciones de Estocolmo (una media hora en coche). El nombre Saltjöbaden significa, precisamente, baños en agua salada. Y ese era el hotel original, primero de la cadena, del que se habla en la novela. Al día siguiente encargué un taxi para poder llegar, sin saber muy bien si me dejarían entrar a husmear.
Tuve suerte; en la recepción estaba la directora, o alguien al cargo porque daba órdenes a otros empleados. Le conté toda la historia y respondió muy bien, llevándome ella misma al paseo por la parte interior del hotel, privada, que da al mar, hasta el lugar donde está la estatua de la pareja de bronce que varias veces se cita simbólicamente en la novela. Me dejó allí a mis anchas. Resulta que es una fuente (el surtidor sale de la mano de la mujer que cubre los ojos del hombre) y no es, como yo había encontrado en la red, obra de Christian Eriksson, escultor conocido que creó otra estatua —la de un patinador— que se exhibe allí también. En el Grand Hotel se celebraron los primeros juegos de invierno que luego darían lugar a los olímpicos de esta estación. No, la estatua de la pareja es obra de un artista menos famoso, Theodor Lundberg (1852-1926), que fue profesor de arte y del que me costó encontrar información en inglés, y tiene un título: “Juego en la playa”. Obviamente Sampedro no lo conoció o decidió ignorarlo, pues en la novela interpreta, de una forma más profunda y filosófica, varios posibles significados de la mujer que tapa desde atrás los ojos del hombre.
La preciosa estatua se recorta, casi dentro de las aguas, sobre un saliente rocoso al pie de una playita en la que unas cuantas sillas de madera y lona a rayas amarillas y blancas ofrecen descanso tras la sauna del balneario. Me emocionó encontrar la materia que había prefigurado las palabras de la narración. En la bahía, multitud de barcos —Miguel navega en un velero dirigido por Karin—. Las nubes esponjosas cubrían el límpido azul del cielo veraniego.
A la vuelta en recepción, la buena señora le pidió a una empleada que me enseñara las dependencias, aunque me avisó de que pensaban cerrar en septiembre para hacer una gran reforma, así que todo estaba un poco anticuado. ¡Qué bien! Así lo quería ver yo y no modernizado. La guía, muy amable y sonriente, me mostró la sala de conferencias, ahora vacía, donde se celebraron las reuniones del congreso en la novela, una zona del restaurante con su galería al mar, y el bar, ya desalojado para la renovación. Me contó la tradición de las comidas de navidades cuando los hoteles y restaurantes ofrecen, desde final de noviembre hasta el 25 de diciembre, un “menú de mesa” con platos típicos y únicos de esa temporada. Saqué fotos de todo. Y regresé a la ciudad con el corazón alegre.
Visita el hotel donde se alojó Miguel Espejo: https://grandsaltsjobaden.se
Caminando por las limpias calles de la ciudad y sus parques, eligiendo entre los numerosos museos cuáles visitar, alternando entre las famosas albóndigas suecas con cerveza y los pescados, comprendí la fascinación de Sampedro con la ciudad.
Me regaló un ejemplar de Congreso en Estocolmo el día de mi 18 cumpleaños, porque antes de esa edad no le había parecido apropiado “exponerme” a las libres relaciones que se narran en el argumento —la de Miguel con Karin y, también, el trío compuesto por Mattis Jöhr, profesor que invita a Miguel al congreso, con su esposa Hilma y la hermana de esta, Klara—. Me sorprendió entonces que la censura española no le hubiera puesto pegas al texto en 1952. La historia es, además de los avatares personales de su protagonista, un canto a la libertad socio-política. Supongo que los censores lo dejaron pasar porque, después de todo, sucede en otro lugar. El lejano (ya no tanto hoy) y bellísimo Estocolmo.


























